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La buena nutrición hoy más que nunca está en tela de juicio, no sólo por los índices de desnutrición, malnutrición y otros problemas, sino también por la calidad del aire y del agua; por la cantidad y el tipo de alimentos que se consumen bajo la influencia de las actividades de la vida moderna, de su disponibilidad, de las condiciones de su producción (plaguicidas, abonos químicos, transgénicos y otros) y de su transformación (aditivos, conservantes y otros); así como por las transgresiones a las costumbres alimentarias cada vez más alejadas de lo natural.
El tipo y cantidad de alimentos en el plato tiene recomendaciones muy precisas emanadas de estudios que han derivado en recomendaciones que la OMS publicó ya en 1991 y que constituye la base para las pirámides alimentarias y otros esquemas adoptados en los países. Estas recomendaciones incluyen límites de ingesta mínimos y máximos de nutrientes (ácidos grasos, colesterol, carbohidratos, azúcares, proteína, sal y otros) para conservar una buena salud.
Es evidente que es imperativo y prioritario luchar contra la desnutrición y el hambre, debería serlo igualmente luchar por una buena nutrición y eso tiene que ver también con los medios de control de la producción, transformación y consumo de alimentos. Los alimentos son fundamentalmente energía y alimentarse no es sinónimo de nutrirse, más aun, puede convertirse en su contrario, malnutrirse. La obesidad por ejemplo y como se conoce, genera disminución de la inmunidad, falta de energía y predisposición a enfermedades como diabetes, osteoartritis, incluyendo el cáncer y muchas más.
La buena nutrición es vital para la buena salud y como lo dijo Pasteur “no es por los gérmenes que debemos de preocuparnos, sino por nuestro medio interno”, y este medio depende en mucho de la alimentación que determina en gran medida el equilibrio metabólico el cual se expresa en el balance del pH corporal dependiente de los elementos que quedan después del proceso metabólico de los alimentos ingeridos. La acidificación del medio interno es un problema metabólico y depende de lo que se come así como de otros componentes de la vida cotidiana como la actividad física, la adaptabilidad al entorno, etc., con consecuencias evidentes en la calidad de vida y en la salud.
Por tanto es tiempo y momento de ampliar y diversificar las medidas de prevención para la buena nutrición y por ende para la salud.
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